Corría la mitad de los ochenta y La Habana, Cuba, era un hervidero de periodistas, economistas e intelectuales que sosteníamos (aún lo sostengo) que la deuda externa de América Latina y el Caribe resultaba a todas luces inmoral cobrarla, en la medida que habían sido las dictaduras militares y sus  clases corruptas quienes endeudaron y empobrecieron a estos pueblos.